
Novelas, cuentos cortos, mini ficciones
La orilla vacía
Minificción escrita por Cenzontle
Publicada el: 17/07/2025
-¿Recuerdas cuando solíamos jugar aquí?-murmuró, y se lanzó al lago.
A los seis años
Escrito por Wolf
publicado 2/5/24
El amor no es sencillo y todo el mundo cree que lo es, pero si hay algo que me enseñó mi mamá, es que para amar, hay que saber odiar también.
Tenía yo seis años, cuando el mundo parecía de color y mi hermano acababa de hacerme una maldad, de esas que solo puede hacer el hermano mayor.
Entre gritos y llantos un tonto lo llame, que no me hablara nunca más, que no lo quería volver a ver.
Me escondí en la cocina, entre la mesa y el garrafón, donde mi mamá guisaba, escuchando todo ese show. No me dijo nada, me dejó llorar, era otro día de gritos, de las dos criaturas de su hogar.
En cambio, me ofreció un mango, de esos dulces de temporada. Pero mi pequeña yo de seis años, le grite que los odiaba, que eran de un amarillo feo y que al comerlos me embarraría y yo lo que menos quería, era lavarme las manos ese día.
-¿Pero creía que te gustaban? - preguntó ocultando su sonrisa.
-¡Si me gustan, me encantan!- grite - ¡Pero odio usar jabón después de comer! -
Mi mamá se rio de mí, dejando un plato de mango a mi lado y mientras continuaba guisando me dijo: Amar significa a veces, aceptar cosas, que no nos agradan.
Yo hice caso omiso, mientras me comía mi mango, y si, desgraciadamente, después me lavé las manos. Sus palabras se me olvidarían, aunque en alguna parte de mi mente, marcadas quedarían.
Y poco a poco me he dado cuenta, cuanta verdad tenía. Amar significa aceptar cierto desagrado, de la misma manera que odio encontrar cabellos de gato sobre mi canasta de ropa limpia, o aceptar que ahora solo tengo media almohada, a pesar de que mi gato tenga su propia cama y mis papas viven muy lejos para ver a diario, pero hacer el recorrido, significa besos y muchos abrazos. Odio lavar platos, pero escuchar las risas en la mesa con mis amigos en cada cena vale cien por ciento la pena, también tengo cero paciencia, pero este carnaval me pare seis horas en un concierto, porque un amigo quería ir a verlo. Tal vez me equivoque al principio, y amar si es muy sencillo. Lo difícil es aceptar, que amor es igual a incomodidad. Disfruto mucho de esta idea, hacer espacio a la gente que amo, significa aceptar reclamos, tal vez si amo encontrar cabello de gato en mi ropa, significa que tengo un compañero, así como amo comer mango, aunque me tenga que lavar las manos. Y sin saberlo eso lo aprendí, cuando tenia seis años.
-Wolf-
Neo-neoismo
Escrito por Inti Hernández
publicado 1/12/23
Yo no vivo sin pensar pero pienso sin realmente vivir, así ha sido desde hace varios años. No recuerdo lo que sueño, se me olvidan mis palabras, y todo sale en forma de suspiro forzado. Así uno no es feliz, pero siempre hay algo que me mantiene cuerdo: el arte, ese pequeño mundo que no le pertenece a nadie pero del que todos nos sentimos parte, del que queremos ser órganos vitales.
Mi sustento lo obtengo de un recinto de este mundo fácilmente contenible, pero me reservo especificar de qué tipo, ya que realmente no es de importancia. Mis acciones serán motivo de recuerdo para muchos años venideros, no por la excelencia de mi ejecución, sino por el atrevimiento de mis métodos. En estos tiempos, se suele priorizar el mensaje más allá de la misma estética de la obra, algo que Susan Sontag encuentra sacrílego por varios motivos léase Against Interpretation), pero que ha llegado a establecerse como estándar y unidad de medición en el arte. Sin embargo, yo soy más un Des Esseintes que un Stephen Dedalus.
Vivo rodeado de puro cabrón, de indigentes con ojos de jade y piel de madera pura, con el alma salida a la piel y sus intenciones muy claramente expuestas. Este es un recinto del arte y, como tal, esta se adhiere a sus asistentes como un parásito que nomás ocupa espacio mental y no produce nada más allá de su propia visualización. Uno siempre piensa en la creación, en el arte mismo, pero se limita a verlo a través de un panel opaco que no permite tocar ni la apreciación total de su esplendor, y termina siendo rigurosamente ajeno.
Yo no entro en ningún lado, no porque mi forma se distinga a la del molde, sino porque ya no hay espacio para mí en el grandísimo contenedor de las mentes cambiadas por la letra o la imagen, el ideograma o la huella, la mancha o el concepto. Realizo mis creaciones con saliva en vez de tinta, en cuero cabelludo en vez de lienzo, con ira en vez de dolor. Al crear, no lloro: ardo; al llorar, no sollozo: sangro; al vivir, no muero: trasciendo. Con todo este magnánimo narcicismo, no me quedó de otra que aventarme a formar parte del panorama.
Fui un fracaso desde mi comienzo. Se esforzaron en aclarar que, aunque “no le faltaba calidad a mis obras,” no era lo que nadie buscaba. Sin embargo, yo creo lo que me gustaría ver, creo o imito el ambiente que me gustaría frecuentar, las enfermedades de las que me gustaría infectarme y las mil vidas (todas propias) que me gustaría extinguir. No es que nadie busque estas cavilaciones, sino que los tristes nichos que alguna vez se crearon para su exposición y celebración terminaron olvidados. Los manifiestos se convirtieron en ceniza, las intenciones en tiernos recuerdos, y los gritos nunca llegaron a salir de esa cárcel de plomo y hueso.
Pero estas reservas no son lo único que condujo a mi estancamiento: también está el vicio de los mandamases de querer ponerlo todo dentro de un saco perfectamente etiquetado, y todo aquel que se atreva a parodiarlo es más paria que pensante. Repito: yo no soy de nada ni de nadie más que de aquello que me pide que lo siga, de todo lo que alguna vez me apasionó. Debido a todo esto, y por una cantidad estúpida de rencor, llegó lo que sería mi única obra auténticamente significativa.
Cada día me pregunto qué chingados hice para convertir algo tan atroz y contra natura en una importante aportación para el campo de las artes visuales. Estos testigos (detractores, espectadores y corrompidos) no son posmodernistas, se derrumbaron antes de que el modernismo llegara y se obsesionaron con los podridos pilares del romanticismo. Debido a esto, su decadencia es más que entendible, si no directamente justificada, pero no hablemos más de eso que me voy por la tangente.
Mi proyecto: la sangre, desmembramiento y gloria de la muerte en un campo de flores, como un mecanismo impresionista de expectación y contemplación manchado por su primo mucho más inesperado e irreverente: la mezcla dadaísta del naturalismo y cualquier otra corriente que se haya atrevido a retratar un niño moribundo. La infancia me dejó hace mucho, pero mi sangre y mis sesos servirán tan bien como los de cualquier otro diablo más pobre.
Desde hace mucho a nadie le importan estas definiciones, sangre de los diccionarios, objetos de fetiche religioso para los académicos y los pintores sanguíneos que no van más allá de los paisajes y los océanos secos apilados hasta el borde de cadáveres, los poetas que no saben escaparse de las garras del sentimiento, o los tristes pensadores que confunden la muerte con la vida eterna y el significado con el sentido del deber. Estas no son las palabras mediante las cuales vive el arte, pues el arte vive sin palabras. Vive en la sangre, la rabia, el odio, el perdón y, muy rara vez, en ese sentimiento sin nombre que nos atrevemos a confundir con la alegría. Había que mandar un mensaje, uno de hartazgo y renovación violenta, un roza-tumba-quema de piel, cartílago y hueso. A estos mensajeros de lo divino, me les ofrecí como recurso.
Acabar con la propia vida (de la forma más brutal posible, cabe aclarar la distinción) siendo un esteta en decadencia en un mundo de formalistas incumplidos y acomplejados es un manifiesto de la regresión: volver al rojo y olvidar el blanco y el azul y el amarillo y el naranja, quedándonos solo con la chorreante sangre del arte: un sentimiento de desesperación: el escape sosegado de la inventiva: el Todo que alguna vez formamos y seguimos olvidando cada día.
Ya dado mi discurso, coloco la escena a mis espaldas, el núcleo de color y belleza rodeado de lienzo blanco, y toca añadir el pigmento perfecto, la pintura más pura existente: coloco el cañón del arma en mi boca y suelto una nota perfecta y gutural en forma de suspiro. La tensión traqueal ayuda a aumentar la resistencia a la fuerza, dando un abanico mucho más amplio tras la detonación. Mente perfecta, estado perfecto de la carne lista para pudrirse. Y así, tiro del gatillo.
-Inti Hernández-
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